La nueva normalidad requiere que repensemos cómo producimos y consumimos los alimentos

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17 abril 2020


Victoria Mena, Oficial de Bioeconomía y Mercados, WWF Ecuador - Abril 2020
 
Mientras una gran parte del planeta se detiene para intentar contener la crisis actual, la producción de alimentos continúa como un motor silencioso y más crucial que nunca. La supervivencia del ser humano depende de los alimentos, y justamente al ser un sector indispensable, esta actividad es una de las mayores generadoras de empleo y capital a nivel global. La relevancia de este sector en un contexto de crisis como el actual pone en evidencia el enorme potencial de repensar el sistema y diseñar y promover un nuevo modelo. Por otro lado, su naturaleza interdisciplinaria suscita a la cooperación entre diferentes actores y sectores para lograrlo.

Los sistemas de producción de alimentos han evolucionado a través del tiempo y han sido participes de grandes cambios en la historia de la humanidad, pasando por la caza y recolección, la revolución industrial y el descubrimiento de la electricidad entre otros. Esto nos hace preguntarnos, ¿cómo cambiará la producción alimenticia tras la situación actual? Este sector enfrenta ya grandes desafíos que incluyen el cambio climático, el crecimiento poblacional, la crisis del agua, problemas estructurales como los subsidios agrícolas en países del norte, los precios internacionales de los productos y la búsqueda continua de una producción más eficiente y de mejor calidad para el abastecimiento de la humanidad. Más allá de los retos a corto plazo de hoy en día frente al aislamiento y la crisis económica, la realidad a la que se enfrenta el mundo deja en evidencia estos problemas estructurales profundos, en la que las poblaciones más vulnerables son nuevamente las más golpeadas. La invitación es a reflexionar y discutir sobre los cambios que se deben dar en la manera en la que consumimos y producimos alimentos para prevenir que se repitan situaciones como la que estamos viviendo hoy en día.

La manera en la que producimos y consumimos nuestros alimentos es, actualmente, la amenaza ambiental más grande a la que nos enfrentamos. La producción de alimentos utiliza el 69% del agua dulce, es responsable del 30% del consumo de energía, y del 75% de la deforestación a nivel mundial. Existe evidencia clara de que la producción convencional puede llegar a degradar y erosionar el suelo, explotar las reservas de agua dulce, contaminar el agua, suelo y aire a través de procesos de fertilización, fumigación y uso de fuentes de energía no renovables. Aún así, considerando que se utilizan todos estos recursos, el 1/3 de todos los alimentos que producimos se desperdician, mientras 821 millones de personas en el mundo viven con hambre.

Adicionalmente, el modelo de las cadenas de suministro actuales perjudica principalmente a las poblaciones más vulnerables, desde los pequeños y medianos productores, campesinos y pescadores que no reciben un precio justo por su producto, hasta comunidades marginales que no tienen acceso a una alimentación digna. Por otro lado, existe una concentración de la propiedad de las mejores y más aptas tierras para cultivo, en manos de pocos propietarios. Es por esto que la producción de alimentos plantea una paradoja social, ambiental y moral, que pone en evidencia los problemas sistémicos más profundos del mundo actual.

Quizás este problema sistémico nunca ha sido tan evidente como ahora. La degradación de los ecosistemas y la deforestación son, aparentmente, algunas de las condiciones detrás de los virus de origen zoonótico, como el COVID-19 al que nos enfrentamos hoy en día. Sin lugar a dudas, la situación humanitaria actual brinda una nueva perspectiva y oportunidad para repensar el sistema de producción alimenticia y promover un nuevo modelo capaz de garantizar una mejor producción y una distribución de los ingresos más justa, que valore y reconozca el trabajo de los pequeños productores, que promueva alternativas de producción responsables y de menor impacto ambiental, que eduque a sus consumidores e incentive un consumo consciente, eliminando el desperdicio a lo largo de la cadena, desde la producción hasta la mesa final.

En respuesta a estos desafíos, se han generado nuevas tendencias mundiales de producción de alimentos más sostenibles y socialmente responsables alrededor del mundo. Ejemplo de ellas, son las certificaciones sociales y ambientales, y otras técnicas de producción, tales como la agroecología, la agricultura orgánica y la permacultura. Las tendencias de producción sostenibles incluyen parámetros como la cero deforestación, es decir, la prohibición del cambio de uso de suelo de ecosistemas naturales, la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, el manejo integral de desechos, el manejo integral del cultivo, el manejo eficiente del agua, sistemas más justos y solidarios de producción y comercialización, y la implementación de mejores prácticas sociales y laborales.

El verdadero cambio dependerá de la adopción de las nuevas tendencias. Es necesario que la industria alimenticia cambie su modus-operandi, para así caminar hacia modelos de producción más sostenibles y responsables con el ambiente. Un ejemplo de esto es la industria bananera en el Ecuador, que emplea al 17% de la población económicamente activa del país. El banano es posiblemente la fruta más consumida a nivel mundial y el segundo producto de exportación no petrolero en el país. Este sector se ha ido reinventando, poco a poco, en torno a los nuevos sistemas de producción agrícola que toman en cuenta su impacto ambiental y social.

Junto a WWF, la empresa de producción bananera más grande del Ecuador y una de las tres más importantes a nivel mundial, Dole Food Company, implementa proyectos de mejoramiento de prácticas hacia una producción sostenible que toma en cuenta su huella hídrica, la recuperación de ecosistemas naturales, y ciertas condiciones sociales, entre otros aspectos. Otros proyectos de WWF en el Ecuador incluyen el acompañamiento a la certificación orgánica de cacaco producido por pueblos indígneas en la Amazonía, el acompañamiento a certificaciones ambientales en la producción de atún industrial y en la industria camaronera, y el desarrollo de proyectos de bioeconomía con comunidasdes locales en la zona costera.

El futuro de la humanidad depende, en gran parte, de cómo reinventemos la manera en la que producimos y consumimos nuestros alimentos. En el caso del sector bananero del Ecuador, algunos productores han asumido este reto y caminan hacia una producción social y ambientalmente más responsable. Sin embargo, es el trabajo colaborativo lo que nos llevará hacia la seguridad alimentaria de la humanidad y la conservación de la biodiversidad, para así asegurar la salud del planeta, que es la salud de todos y todas. Entonces, ¿quién sigue?